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Filósofa Asesora

Mal de escuela

Mal de escuela

Este libro me ha sorprendido. He leído reseñas y críticas positiva sobre él, esto siempre hace que mantengas una cierta distancia en la lectura pero francamente está muy bien. Pennac habla de los zoquetes que no siempre son vagos -aunque ya sabemos que ambos adjetivos casi siempre van unidos- . De los zoquetes que los miras en clase y te dices ¿pero, en qué diablos estará pensando? Mantengo la misma opinión en muchos de los comentarios que dice. Sobretodo en áquel donde señala que hay profesores que te salvan la vida. Todos tenemos a aquel profesor que te une realmente con la realidad, que hace que te digas "oye, que esto va en serio, que hay que vivir la vida" . Pueden ser dos o tres pero apurando siempre es uno. Haces tuyas muchas de las cosas que decía y las transformas en tu modus operanti al ser lo que nunca pensaste conseguir: "He estado más allí que aquí. He sido más alumno que profesor. Sé lo que pensáis". En realidad todos somos viejos alumnos.

Escribo un pequeño capítulo del libro que me parece paradigmático:

Nuestros "malos alumnos" (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo.

Naturalmente el beneficio será provisonal, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como prodesor. Si fracasamos en instalar a nuestros alumnos en el presente de indicativo de nuestra clase, si nuestro saber y el gusto de llevarlo a la práctica no arraigan en esos chicos y chicas, en el sentido botánico del término, su existencia se tambaleará sobre los cimientos de una carencia indefinida. Está claro que no habremos sido los únicos en excavar aquellas galerías o en no haber sabido colmarlas, peros esas mujeres y esos hombres habrán pasado uno o más años de su juventud aquí sentados ante nosotros. Y todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal.

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